El rendimiento en fútbol se ha evaluado durante años a través de indicadores como VAM y VO₂max. Su uso se ha consolidado en el ámbito del entrenamiento como una referencia habitual para valorar la condición física del jugador y estructurar la carga de trabajo.

Pero la pregunta es inevitable ¿Hasta qué punto estos indicadores explican lo que realmente ocurre durante un partido? ¿Permiten entender por qué un jugador llega antes a una acción decisiva, mantiene la intensidad en fases críticas o resuelve mejor situaciones de alta exigencia?

Estas dudas abren un debate necesario sobre cómo se interpreta el rendimiento en fútbol y qué tipo de métricas ayudan a describirlo con mayor precisión. A partir de aquí, el análisis se desplaza desde los modelos tradicionales hacia una mirada más cercana a la realidad del juego.

¿Qué debemos entender realmente sobre el rendimiento en fútbol?

¿Por qué VAM y VO₂max no representan el rendimiento real en fútbol?

El rendimiento en fútbol nunca se ha definido por la capacidad de sostener esfuerzos largos y continuos. El juego exige resolver situaciones que cambian en segundos y que obligan al futbolista a alternar aceleraciones intensas, frenadas bruscas, sprints explosivos y periodos breves de baja intensidad. Estas oscilaciones constantes crean un patrón competitivo que no se parece a los modelos fisiológicos utilizados para determinar la VAM o VO₂max. Ambos indicadores describen el comportamiento del organismo en contextos estables y controlados, pero el fútbol opera en un entorno caótico donde la variabilidad es la regla y no la excepción.

Cuando un jugador se desplaza en el campo, rara vez lo hace manteniendo una velocidad uniforme. Su rendimiento depende más de la capacidad para producir fuerza, cambiar de dirección y repetir esfuerzos de alta intensidad que de su habilidad para sostener un ritmo cercano al máximo consumo de oxígeno. Incluso en fases aparentemente menos exigentes, el futbolista gestiona microajustes que requieren una respuesta inmediata del sistema neuromuscular. Esa dinámica intermitente explica por qué un valor elevado de VAM y VO₂max no anticipa la calidad de la actuación ni predice quién será decisivo en una acción clave.

El fútbol se estructura alrededor de eventos que impactan directamente en el marcador y que no responden a los parámetros que definen estas métricas. Un sprint para anticipar un pase, una aceleración para romper una presión o una recuperación intensa tras pérdida tienen un peso mayor que cualquier esfuerzo continuo. Por eso, un jugador con valores fisiológicos altos puede no destacar en el campo, mientras que otro con cifras moderadas puede rendir de manera sobresaliente. La naturaleza del juego prioriza la eficacia mecánica y la capacidad de respuesta inmediata, no la resistencia prolongada medida en laboratorio.

¿Sabías que el Big Data y la Inteligencia Artificial se utilizan para mejorar el rendimiento físico y prevenir lesiones en fútbol?

¿Qué limitaciones aparecen cuando intentamos usar VAM y VO₂max para entrenar?

Utilizar VAM y VO₂max como referencias principales para diseñar entrenamientos en fútbol introduce una serie de limitaciones que distorsionan la comprensión real del esfuerzo competitivo. Ambas métricas se obtienen en contextos controlados y progresivos, donde el deportista avanza de forma lineal hacia su máxima capacidad aeróbica. En cambio, el entrenamiento específico del fútbol debe reflejar un entorno donde la incertidumbre domina cada acción y donde la intensidad varía según la interacción con rivales, compañeros, espacio disponible y necesidades tácticas. Esta falta de correspondencia entre la naturaleza del test y la del juego ya anticipa un uso poco representativo.

Cuando se pretende programar cargas en función de estos valores, el entrenador se enfrenta a un problema conceptual. La VAM y el VO₂max definen umbrales que solo resultan útiles cerca de su zona metabólica, pero el futbolista pasa la mayor parte del tiempo lejos de esos rangos. Además, las distancias recorridas en un partido no guardan relación con la intensidad lineal que plantean los test incrementales. El jugador alterna movimientos breves que dependen más de la capacidad de acelerar, frenar y esprintar que de su habilidad para sostener un ritmo continuo. Esto significa que planificar sesiones basadas en porcentajes de VAM o VO₂max genera estímulos que no se ajustan a las demandas reales del juego.

Otra limitación aparece cuando se intenta individualizar la carga porque, por ejemplo, dos jugadores con la misma VAM pueden responder de manera completamente distinta ante una situación de alta intensidad, sobre todo si su velocidad máxima es diferente. La presencia de umbrales similares induce a pensar que ambos soportarán el mismo tipo de tareas, cuando en realidad sus perfiles mecánicos requieren enfoques completamente distintos. Esto afecta tanto a la calidad del entrenamiento como a la prevención de lesiones, ya que la planificación pierde sensibilidad frente a los factores que influyen de manera decisiva en el campo.

¿Por qué la velocidad máxima influye más en el rendimiento en fútbol que VAM y VO₂max?

La velocidad máxima se ha consolidado como un indicador mucho más relevante para entender el rendimiento en fútbol porque refleja la capacidad real del jugador para intervenir en acciones determinantes. En un deporte donde un instante modifica el curso del partido, alcanzar una mayor velocidad punta ofrece ventajas decisivas. Un futbolista que alcanza un metro más por segundo en su máxima aceleración anticipa un pase, gana un duelo al espacio o corrige una marca antes de que la jugada se vuelva peligrosa. Esa superioridad mecánica condiciona directamente la eficacia competitiva y no guarda relación con el valor que reflejan VAM y VO₂max.

La velocidad máxima no depende de un esfuerzo lineal y progresivo, sino de la capacidad para producir fuerza en milisegundos. Esa cualidad determina el rendimiento en acciones como un desmarque profundo, una presión tras pérdida o una cobertura defensiva a campo abierto. Ninguna de estas situaciones se explica mediante modelos aeróbicos porque la energía involucrada procede de mecanismos completamente distintos. Mientras la VAM y el VO₂max describen el comportamiento del organismo en estados cercanos al equilibrio fisiológico, la velocidad máxima revela la capacidad neuromuscular para responder a impulsos explosivos, exactamente el tipo de estímulo que domina el fútbol actual.

Además, la velocidad máxima condiciona la interpretación de otros indicadores y redefine cómo se entienden la distancia a alta intensidad o la exigencia de ciertos esfuerzos. Un jugador con una velocidad punta más elevada soporta cargas mecánicas diferentes porque sus aceleraciones generan impactos más intensos y sus sprints exigen una recuperación distinta. Esto significa que dos futbolistas con la misma VAM pueden tener demandas muy dispares si uno alcanza una velocidad máxima superior. La velocidad influye en la táctica, en la forma de ejecutar movimientos y en la capacidad de mantenerse disponible durante fases críticas del juego. Por eso es una referencia clave en el análisis moderno del rendimiento en fútbol.

VAM y VO₂max

¿Qué indicadores sustituyen mejor a VAM y VO₂max en el rendimiento en fútbol?

El fútbol actual exige medir aquello que realmente condiciona el rendimiento y por eso los indicadores tradicionales han dado paso a métricas que capturan la naturaleza intermitente y explosiva del juego. Entre ellas, el HCR se ha convertido en una referencia clave porque permite entender cuánto tiempo pasa un jugador en intensidades que desafían su velocidad máxima. Este enfoque no solo identifica tramos exigentes, sino que revela si el futbolista puede repetirlos sin perder eficacia en sus desplazamientos o en su lectura táctica. Esa capacidad de sostener acciones intensas en momentos críticos tiene un impacto directo en la competición y ofrece información que la VAM y el VO₂max no alcanzan a describir.

La individualización mediante velocidad máxima es otro componente central que redefine el análisis del rendimiento. Cada jugador tiene un perfil mecánico particular y la velocidad punta establece un punto de partida más fiel para interpretar esfuerzos de alta intensidad. Este parámetro permite entender la distancia real a la que se ejecutan los sprints y cómo varía la demanda según la posición, el estilo del equipo y las situaciones del partido. Al ajustar los umbrales según la velocidad máxima, el análisis se vuelve más sensible y ofrece una imagen precisa del impacto físico de cada acción.

El uso de percentiles y del score Z añade una capa adicional que mejora la comprensión del rendimiento semanal y facilita la comparación entre momentos distintos de la temporada. Ambos métodos ayudan a detectar desviaciones, identificar cargas inusuales y anticipar posibles caídas en la disponibilidad del jugador. Esta perspectiva estadística refleja con mayor fidelidad la complejidad de la competición y se adapta mejor a la variabilidad del fútbol. Con estos indicadores, el análisis se acerca al juego real y permite interpretar el rendimiento desde una mirada que combina exigencia física, contexto táctico y capacidad de respuesta competitiva.

¿Cómo se entrena la resistencia específica sin recurrir a VAM y VO₂max?

La resistencia específica en fútbol se basa en la capacidad de repetir acciones explosivas con eficacia y claridad táctica. Por eso el entrenamiento actual se aleja de ritmos continuos y apuesta por estímulos que reflejan la variabilidad del juego. El tempo run permite trabajar a velocidades submáximas con un control preciso de la carga mecánica, favoreciendo una técnica de carrera eficiente y una mejor disponibilidad para sesiones posteriores.

La relación entre trabajo y recuperación adquiere un papel determinante en este tipo de propuestas. Alternar intervalos definidos permite ajustar el estrés neuromuscular y mantener una ejecución de calidad sin comprometer la asimilación del entrenamiento. Mientras los modelos basados en VAM o VO₂max obligan a perseguir porcentajes que rara vez se encuentran en la competición, el enfoque analítico ofrece un entorno más coherente con la demanda real del fútbol. La progresión se establece en función de la capacidad para sostener desplazamientos eficientes y no del tiempo que el deportista pasa cerca de sus valores fisiológicos máximos.

Este enfoque facilita además la integración con tareas tácticas, ya que el jugador llega en mejores condiciones mecánicas y mantiene la calidad de sus acciones incluso en fases exigentes del entrenamiento. La toma de decisiones es más estable porque el esfuerzo físico no interfiere en la ejecución. De este modo, la resistencia específica se construye a partir de la repetición de acciones relevantes para el juego y no desde la simple acumulación de metros a un ritmo arbitrario, lo que permite optimizar la preparación sin apoyarse en parámetros que no reflejan la naturaleza cambiante del fútbol.

¿Tiene sentido seguir usando VAM y VO₂max en la actualidad?

La relevancia de la VAM y el VO₂max en el fútbol actual se ha reducido de manera notable porque ambos indicadores representan un modelo fisiológico que no coincide con las exigencias reales del juego. Aunque durante años se consideraron parámetros esenciales para evaluar la capacidad aeróbica del deportista, su utilidad práctica disminuye cuando se comparan con la variabilidad que caracteriza al deporte. El fútbol no se desempeña en condiciones estables ni en intensidades sostenidas, por lo que los valores obtenidos en pruebas lineales no proporcionan una visión precisa del rendimiento en situaciones competitivas. Esta desconexión hace que muchos cuerpos técnicos los consideren insuficientes para guiar decisiones de carga o interpretar tendencias de rendimiento.

Aun así, existen contextos donde estos indicadores mantienen cierto valor porque la VAM y el VO₂max ofrecen una referencia básica sobre la condición aeróbica general del jugador y pueden resultar útiles en procesos de readaptación o durante periodos donde se busca controlar el estrés cardiovascular sin comprometer la mecánica del movimiento. En estos casos, su función no es predecir comportamientos en el partido, sino asegurar que el deportista responde de manera adecuada a un estímulo controlado. Su papel es complementario y no debe ocupar la posición central que tradicionalmente se les asignó en la planificación.

La evolución del análisis del rendimiento demuestra que otras variables describen mejor las demandas del fútbol. La velocidad máxima, la capacidad para repetir esfuerzos intensos y los patrones de desplazamiento ofrecen una lectura más fiel de las acciones que determinan el resultado. Esta transformación metodológica no invalida la existencia de VAM y VO₂max, pero los reubica dentro de un marco más completo donde su influencia es limitada. Reconocer esta nueva perspectiva permite construir entrenamientos más ajustados a la realidad competitiva y al tipo de esfuerzos que definen el fútbol moderno.

La revisión crítica de la VAM y el VO₂max muestra que el fútbol exige una lectura mucho más profunda que la que ofrecen los modelos tradicionales. El rendimiento real depende de la velocidad máxima, de la capacidad para repetir esfuerzos intensos y de la comprensión detallada de los patrones mecánicos que estructuran el juego. Esta perspectiva orienta el análisis hacia métricas que capturan la complejidad del deporte y permiten diseñar entrenamientos alineados con la variabilidad que experimenta el jugador en cada acción. El desafío no consiste en abandonar el rigor fisiológico, sino en integrarlo dentro de un marco que refleje la naturaleza intermitente, explosiva y estratégica del fútbol moderno.

Este tipo de enfoque demanda profesionales capaces de interpretar datos con criterio y transformarlos en decisiones que mejoren el rendimiento. La preparación física ya no se basa únicamente en intuiciones, sino en la capacidad de analizar, contextualizar y anticipar tendencias a partir de información fiable. El Máster en Big Data aplicado a la Preparación Física en Fútbol ofrece ese camino formativo y permite desarrollar una visión avanzada del entrenamiento desde el análisis deportivo, la tecnología y la comprensión profunda de la competición. A través de herramientas reales y metodologías aplicadas, el programa forma a especialistas que quieren liderar la evolución del rendimiento desde un enfoque científico y orientado al juego.

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¿Te has quedado con ganas de saber más? Escucha a Cristóbal Fuentes, Director académico del Máster en Big Data aplicado a la Preparación Física en Fútbol y Leandro Carbone, Sports Scientist en Hudl hablando sobre las limitaciones de la VAM y el VO₂max como indicadores de rendimiento en fútbol.

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